Edición Iberoamericana
Explorando el mundo de la comunicación

Global Media Journal

 Edición Iberoamericana      

Volumen 2, Número 4

Otoño 2005

ISSN 1550-7521


 


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Imaginarios juveniles y virtualidad.

De La Noria a pipopes.com

 

José Antonio Meyer Rodríguez

Universidad Popular Autónoma de Puebla

México

 

Resumen

Este es un ensayo sobre las prácticas culturales de sectores juveniles marginados en la ciudad de Puebla, en los que se identifica una participación creciente en los espacios públicos (físicos y virtuales), la reconstrucción de sus imaginarios urbanos y reconfiguración de sus identidades culturales. Constituye un análisis de sus itinerarios nómadas y procesos de ritualidad, con una constante apropiación e incorporación de contenidos mediáticos mediante los cuales buscan trascender socialmente y recrear los conflictos culturales encubiertos en el anonimato.

Palabras clave: Apropiación, contenidos mediáticos, Practicas culturales, imaginarios, identidad.


Abstract

This is an essay about cultural practices in Puebla’s marginal youth sectors, in which an increasing participation in public spaces (physical and virtual) is identified as well as a reconstruction of urban imaginaries and a reconfiguration of cultural identities. It constitutes an analysis of their nomadic itineraries and processes of rituality, with a constant appropriation and incorporation of media contents through which they try to transcend socially and recreate cultural conflicts remaining anonymous.

Key words: Appropriation, media contents, cultural practices, imaginary, identity.


Introducción general.

En la región latinoamericana el estudio de los consumos culturales se ha convertido en los últimos años en un campo de gran dinamismo y experimentación, con una producción que incorpora enfoques teóricos provenientes de diversas disciplinas. Para Martín-Barbero (1991, P. 8), uno de los más productivos e influyentes teóricos de esa corriente de pensamiento, los estudios sobre usos sociales apuntan “hacia un acercamiento interdisciplinario capaz de comprender los cambios en el sistema comunicativo-cultural y rebasar ese paradigma”, por lo que buscan entrelazarse los análisis sociológicos y antropológicos. El autor precisa lugares epistemológicos nuevos, desde los que es preciso repensar el proceso mismo de la comunicación. García Canclini (1993, P. 37), por su parte, define el consumo cultural como “un conjunto de procesos de apropiación y uso de bienes y servicios en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y cambio”. Mientras tanto, Landi (1992, P. 14) destaca “la necesidad de identificar explícitamente las mezclas internas que contienen los diferentes públicos”. Bisbal (1997, P. 14) sugiere la conveniencia de estudiar la remodelación de los espacios públicos y los dispositivos que se pierden o recrean en el reconocimiento o proscripción de las voces múltiples presentes en cada sociedad. En tal forma, plantea la inconveniencia de realizar investigaciones sobre las identidades parciales, las metrópolis, las naciones periféricas, élites o grupos subalternos, “porque el sustento epistemológico debe desplazarse hacia el terreno de las intersecciones y las zonas o ciudades donde las narrativas se oponen y entrecruzan”. Sólo en esos escenarios de tensión, encuentro y conflicto, dice el autor, “es posible pasar de las narraciones sectoriales o francamente sectarias, a la elaboración de conocimientos capaces de reconfigurar y controlar los condicionamientos de cada enunciación”. Esto implica, de acuerdo con Sarlo (1996, P. 4), transitar de los análisis hermenéuticos hacia trabajos científicos que combinen la significación y los hechos, los discursos y sus arraigos empíricos. En suma, “construir una racionalidad que pueda entender las razones de cada uno y la estructuración de los conflictos y las negociaciones”. Entendidos así, el propósito de los estudios de usos y apropiaciones culturales no es representar la voz de los silenciados sino entender y nombrar los lugares donde sus demandas o vida cotidiana entran en conflicto con los otros. Para Ortiz (1997, P. 8) las categorías de análisis están precisamente en esa manera de concebir la investigación, “no tanto para ver el mundo desde un sólo lugar de la contradicción sino para comprender su estructura actual y dinámica posible. Las utopías de cambio y justicia pueden articularse con el proyecto, no como prescripción del modo en que pueden seleccionarse y organizarse los datos, sino como estímulo para indagar bajo qué condiciones lo real puede dejar la repetición de la desigualdad y la discriminación para convertirse en un escenario de reconocimiento de los otros”.

Los análisis de los consumos culturales en la ciudad de Puebla -cuarta zona urbana más importante de México-, se iniciaron hace algunos años mediante trabajos orientados a la identificación de las dinámicas culturales y la transformación de las prácticas en distintos grupos sociales del territorio. (1) Como resultado, se identificó la recomposición de la zona metropolitana y el desplazamiento paulatino de los horizontes simbólicos de la población hacia el consumo de medios de comunicación y nuevas tecnologías de información en el ámbito privado y doméstico, donde las redes de intercambio plural se extienden rápidamente y configuran un nuevo espacio público en el que coinciden y participan distintas culturas urbanas. Del mismo modo, se encontró que como en otras urbanizaciones latinoamericanas la ciudad de Puebla ha eliminado paulatinamente sus fronteras y favorecido nuevas experiencias de identidad y relación directa con el mundo, en las que lo privado y lo público se complementan y lo global se integra con lo local. De esta manera, en el presente se observa una estructura urbana formada por flujos de vehículos, mercancías, personas e informaciones en la que se reducen los sitios para el encuentro y la expresión ciudadana. Los medios de comunicación y nuevas tecnologías incorporadas al sistema mundial favorecen intensos procesos de hibridación (Canclini, 1999), cuyas multifacéticas manifestaciones son resultado de la diversificación cultural y la intensa readecuación generacional. En ese sentido, la cultura mediática ha creado un nuevo imaginario urbano caracterizado por una desterritorialidad que supera los escenarios físicos y altera la estratificación social tradicional, convierte a los medios en los principales agentes de mensajes, bienes y servicios del desarrollo cultural en la ciudad, así como en conectores de la fragmentación y detonantes del intercambio de experiencias para ordenar las nuevas formas de socialización. De manera especial, se ha identificado la necesidad de realizar estudios transversales (Schmucler, 1992) sobre los consumos culturales de determinados grupos sociales y valorar los procesos de interacción simbólica de los medios de comunicación como elementos significativos de la nueva dinámica territorial. Ello quedó evidenciado al analizarse en una primera oportunidad los consumos culturales de los adolescentes en la ciudad, (2) y constatarse que si bien sus dinámicas e itinerarios son altamente distintivos, con lógicas contrastantes y escenarios divergentes a los tradicionales, existen también diferencias sustantivas según las características culturales, sociales y económicas de los diversos grupos. En esas investigaciones se identificó además –como en otras latitudes (Salazar, 2000, p. 26) que el amplio nivel de exposición a los medios de comunicación y la diversificación de las culturas juveniles, “las incorpora a intensos procesos de interacción con grupos distantes en medio de una red interactiva y virtual sumamente segmentada”.  

 

Cultura juvenil, identidad y diferenciación .

La juventud es un fenómeno social de gran complejidad que adquiere cada vez una mayor significación para las sociedades postindustriales. Por ello, su problemática no sólo es explicable por aspectos de indote biológica y psicológica sino, por su interdependiente dimensión, debe considerar una diversidad de variables socio-culturales así como las condicionantes económicas en que los distintos grupos se desarrollan. En efecto, Nateras (1980, 45) ha destacado en sus investigaciones la improcedencia de utilizar el concepto de juventud de manera superficial, como una referencia genérica a un estrato estudiantil, de carácter urbano o de clase media, “porque actualmente las representaciones se han multiplicado para incluir a sectores populares y marginales, mujeres y campesinos que antes se consideraban prácticamente inexistentes”. Este paradigma resulta fundamental para cualquier análisis, debido a que las distintas modalidades juveniles no necesariamente se definen por su inserción natural en la sociedad sino, en mayor o menor medida, confrontan las estructuras establecidas y distienden sus formas de relación. Las identidades juveniles buscan construirse por fuera de la formalidad social, con una representación sumamente divergente hacia los objetivos y valores culturales preconcebidos. A ese respecto, las sociedades –metropolitanas y, en mucho, las regionales- carecen de los espacios suficientes y la capacidad para atender las diferentes necesidades de los jóvenes, por lo que se han convertido en enemigas latentes que confrontan sus acciones y expectativas. De acuerdo con Reguillo (1991, p. 273), los jóvenes se ubican históricamente a través de emblemas y significaciones generacionales contextualizadas socialmente que “les dotan de imágenes auto construidas, reapropiadas y, muchas veces, contrapuestas a los estereotipos y representaciones de la industria cultural”. Ellos dan nuevas significaciones a los valores, conceptos y mensajes del mundo de acuerdo a sus percepciones, así como a los aspectos inherentes de la integración social. “Establecen códigos de referencia distintivos entre lo propio y ajeno, los aliados y adversarios, en una constante confrontación con el poder”. Dependiendo de su adscripción socio-económica, de género, etnia o identidad sexual, generan una praxis diferenciada o divergente que los distingue de los demás. En ese contexto, dice la autora, “buscan conquistar un espacio de significación para lograr su identidad y un espacio de auto reconocimiento mediante la contraposición que se logra por la diferenciación manifiesta”.

Castillo, Zermeño y Ziccardi (1995, p. 287)dicen que las identidades juveniles adquieren relevancia “en la medida que se diferencian de otros grupos sociales y generan su propia especificidad con una praxis social diferenciada y disidente”. Particularmente los jóvenes de los sectores sociales marginales, se esfuerzan por distanciarse culturalmente de los otros grupos a través de una música, indumentaria y lenguaje “que son signos de diferenciación establecidos para rescatar un espacio social autónomo”. Por ello, Navarro (1996, p. 41) insiste que la condición juvenil exige un conocimiento, tanto de su especificidad social como de sus producciones, ya que ellos demandan reconocimiento como sujetos activos de sus propios destinos sociales. “Legitimidad y participación en las decisiones sociales, políticas, culturales y morales de la sociedad actual. Y, aunque la diferencia cultural es característica de lo juvenil, la única manera de significarla es manteniendo una distancia con los demás”. Su praxis diferenciada o discordante los distingue y significa, por lo que adquieren relevancia al momento que su conducta difiere de manera colectiva y singular del resto de la sociedad. Las industrias culturales y el consumo, la divergencia y diferenciación inciden en la construcción de las identidades juveniles, las cuales tienden a ser sumamente convergentes. Sin embargo, como lo refiere Brito (2002, p. 58), en el consumo también hay divergencia y distancia de ellos hacia los beneficios sociales, lo que determina su grado de diferenciación social. Esta se manifiesta en los sectores deprimidos pero también en aquellos que gozan de ciertos privilegios económicos, porque rechazan desde una perspectiva existencial los moldes y patrones establecidos. “La discrepancia y divergencia permiten a los jóvenes ganarse un espacio en la sociedad, ser reconocidos e identificarse entre ellos mismos. Y cada vez que sus acciones los diferencian de los adultos, refuerzan más sus lazos de identidad”. Ellos reclaman su derecho a la diferencia, discordancia y discrepancia, dice el autor. Por ello, “su praxis establece un reconocimiento de existencia autónoma, el respeto a sus formas y estilos de vida, así como el derecho a la interlocución, a ser tomados en cuenta y participar. En pocas palabras, demandan una sociedad más tolerante, diversa e incluyente, mayormente justa y democrática”.

 

Jóvenes poblanos marginales, diferenciación y mediatización.

EnPuebla l os jóvenes representan poco más de la tercera parte de la demografía total de la ciudad (INEGI, 2000) y manifiestan, como ningún otro sector de la población, los ascendentes étnicos y las contrastantes diferencias de carácter económico, social y cultural del territorio. Según las apreciaciones recabadas por una muestra etnográfica de representaciones juveniles marginadas, ellos tienen muy poca identificación con los valores, costumbres y rituales del entorno urbano debido a los intensos flujos migratorios pero, sobre todo, a la readecuación social y cultural de las últimas décadas. En ese sentido, la identidad territorial no representa para ellos un elemento de orgullo sino, por el contrario, constituye un estereotipo negativo que molesta y se rechaza al ser tradicionalmente promotor de diferencias étnicas y sociales, además de manifestar poca apertura hacia nuevos componentes culturales. De igual forma, aunque habitan y gustan de muchos de los espacios de la ciudad reconocen que su crecimiento se ha fundamentado en la inequidad social y una extensiva especulación en el uso del suelo que ha favorecido a los grupos políticos y empresariales más tradicionales. Al referirse a la constante promoción de eventos en el territorio provenientes de la industria cultural, expresan su desencanto por una práctica comercial que niega persistentemente la existencia de un mundo marginal plagado de violencia, limitaciones y discriminación pero, fundamentalmente, existen distintas formas de comunicación y evasión. Exponen también su oposición y resistencia cultural a ciertos rituales y tradiciones de la ciudad, por considerarlos ajenos a una sociedad de urgente transformación que permanentemente niega sus contradicciones y desplaza sus sitios de encuentro convencional hacia nuevos espacios periféricos con mayor dinamismo y modernidad, donde las diferencias y la desigualdad son evidentes. En ese contexto, sin embargo, el porcentaje de asistencia a espectáculos y prácticas deportivas populares los fines de semana subraya un gran nivel de participación ante la expectativa de una competencia efusiva y pasional en la que se manifiestan enfoques múltiples de preferencia.

Elemento relevante en los itinerarios de los grupos juveniles más marginales lo constituye la permanente concurrencia a diversas plazas comerciales como una forma evidente de presencia y manifestación pública. En ese sentido, a diferencia de otros grupos sociales, la asistencia frecuente no se vincula necesariamente con el consumo de bienes o servicios sino con la exposición social y la circulación en un espacio distinguible sin un destino definido en compañía de parejas o miembros de la comunidad específica. De igual forma, se destaca su asistencia a cantinas, fondas, salones de baile y “antros” (3) donde, incluso los menores de edad, dan sentido social a su existencia e imponen sus gustos y rituales. Ambos mecanismos de convivencia ampliamente extendidos y valorados, constituyen espacios propios y distintivos de encuentro y relación en los que las identidades se reconfiguran y refuerzan aglutinando a sus integrantes según las bandas de origen o el barrio de adscripción. De modo particular, el uso de reproductores de discos compactos o cintas con audífonos individuales ha proliferado considerablemente otorgando un aislamiento gratificante que acompaña el tránsito cotidiano. Ese consumo de discos digitales adquiridos mediante la piratería destaca un extendido gusto por el rock y la música alternativa, la cual ritualiza soledades y conecta con un amplio mundo de imaginarios y preferencias. Por otra parte, aunque los niveles de lectura son generalmente bajos, se señala la adquisición más o menos continua de publicaciones sobre música, deportes y video-juegos. En ella se reitera una convicción arraigada por la cultura audiovisual y el aburrimiento por los textos largos, asociados generalmente a un ejercicio riguroso. De manera especial, se destacan entre sus actividades recreativas los juegos de video y una creciente recurrencia a establecimientos públicos donde se magnifican habilidades y desarrollan imaginarios. En este grupo es particularmente importante la programación televisiva de aventura y comicidad, además de eventos deportivos y algunos dibujos animados. Ellos reconocen un acceso cada vez más constante a los sistemas restringidos, donde los videos musicales, los deportes, los dibujos animados y películas de acción acaparan mayormente su atención. En este último caso, la influencia de los amigos se considera como relevante porque el consumo es realizado de manera indistinta en centros recreativos, video-juegos o bares. Desde su percepción, este tipo de televisión genera un sentimiento de pertenencia a un mundo interconectado donde se accede a gustos y motivaciones de grupos iguales y reafirma el sentido de identidad con una generación expuesta a intensos procesos de transformación. Adicionalmente, el uso creciente de equipos de cómputo -que en este sector es sumamente notable- se destaca a través de la operación cotidiana en establecimientos públicos y algunas escuelas. Un sector mayoritario afirma utilizar los instrumentos tecnológicos y tener un acceso regular a Internet para el cumplimiento de distintos actividades, como correo electrónico y chat, apropiación de música moderna y juegos diversos. Destacan su alto grado de satisfacción con estas herramientas, al permitirles conocer nuevos amigos y obtener productos culturales que les aseguran roles de mayor aceptación en su esfera de actuación.

 

La Noria, un espacio de diferenciación juvenil.

 “La Noria” es un conjunto de espacios recreativos ubicado en una de las zonas periféricas con mayor desarrollo comercial en la ciudad de Puebla. Desde su inauguración la propuesta atrajo la atención de diferentes grupos sociales que la definieron como un punto de referencia importante para sus rituales e itinerarios. Por ello, diariamente cientos de jóvenes provenientes de distintos sitios de la zona metropolitana confluyen a esta plaza singular para buscar encuentros amorosos, diálogos festivos, reuniones con los amigos o el robustecimiento de algunos liderazgos. La intensa dinámica ha favorecido, sin embargo, violentos desencuentros y enfrentamientos entre grupos de diferente origen social que compiten por la supremacía y orientación de la propuesta recreativa de la zona. Las diferentes bandas y grupos (Feixa, 1999) se encubren en el circular, aunque buscan distinguirse de las otros por su vestimenta, comportamientos, formas lingüísticas o ritualizaciones, por las instituciones educativas de adscripción, los barrios de origen o el sobrenombres por el que son conocidos. En tal forma, si bien “La Noria” se ha constituido en un espacio abierto de circulación, pluralidad y modernidad, las diferencias sociales, étnicas y económicas propician un ambiente de sórdida agresividad determinado por la actuación sutil y constante de distintas “tribus urbanas” (Costa, Pérez y Tropea, 1996) que dominan el escenario. Es ese ambiente ambivalente y hasta agresivo el que resulta satisfactorio para los diferentes grupos juveniles, el lugar de encuentro con una realidad que sienten como verdaderamente propia y la introducción a un punto cercano donde la relación social es intensa porque permite afirmar diferencias o similitudes mediante la aceptación rutinaria o la confrontación extraordinaria con el otro. Representa, de igual forma, la identificación con un entorno en que es posible ratificar constantemente la compatibilidad y los valores de una misma generación, así como la pertenencia o rechazo a un grupo con distintas formas de expresión, atuendo y comportamiento. El compromiso con formas sociales no encubiertas, cuya evidencia más significativa es la coexistencia sin controles evidentes y el desarrollo de relaciones sin atavismos.

Los servicios del centro recreativo se han ido adecuando rápidamente a los intereses de los grupos juveniles que acuden a ella de manera regular. Por ello, tienden a manifestar en sus diferentes componentes las representaciones de una cultura mediática ampliamente arraigada y favorecida, en la que lo físico es sólo referencia y lo audiovisual contribuye a la creación de un imaginario virtual que nutre permanentemente la cotidianidad. En esa perspectiva, los grupos juveniles marginales buscan recrear las dimensiones de una cultura propia con características híbridas la cual asimila contrastes y expone en forma evidente la diversidad de influencias a la que ella se expone constantemente. Ella se constituye por las imágenes de mayor actualidad y referencia en la música, el deporte, el folklore mediatizado, los dibujos animados y los movimientos sociales, los cuales asumen los íconos, atuendos, formas lingüísticas y videncias provenientes de los medios de comunicación y nuevas tecnologías sin importar demasiado el sentido ideológico o conceptual de sus enunciados. Esa identidad manifiesta en el espacio, les apropia de una forma de vida que mezcla elementos de los juegos de video, los imaginarios del rock y la televisión. Asimismo, los incorpora a un mundo de imágenes simbólicas infinitas, como resultado del uso extendido del chat, el correo electrónico y la exploración en Internet. En ese sentido, como afirma Nateras (2002, p. 76), “la cultura de los jóvenes (marginales) expresada en sus itinerarios es una cultura desterritorializada que se desplaza en diferentes direcciones, sin rumbo y destino fijos”. De acuerdo a ello, “La Noria” constituye un escenario de apropiaciones fantasiosas que buscan trascender el tiempo y el momento, manifestada en un extendido uso de nuevas tecnologías que sumergen a los usuarios en experiencias anónimas y les otorga experiencias directas y beneficios concretos para su consumo. Igualmente, por la constante apertura de nuevas formas de recreación en las que surgen imágenes y video juegos que se incorporan al patrimonio lúdico, como las cartas de Magic, Pokemon, Mitos y leyendas y Yu-Gi-Oh, cuya compensación es un punto de encuentro donde se recrea un juego fantástico lleno de mitologías que nutren y transforman el cotidiano circular.

 

4. Pipopes.com, un nuevo espacio público

Al extenderse el uso de las nuevas tecnologías en el territorio, se han multiplicado los portales en Internet para ofrecer espacios de relación entre los diferentes grupos de la población y de éstos con personas de otras latitudes. En ese contexto surgió pipopes.com, (4) un sitio concebido por jóvenes de clase media asiduos de “La Noria” cuyo objeto fue fomentar la interacción entre los diferentes grupos. Como en el caso del centro recreativo, desde su surgimiento los jóvenes de diferentes segmentos sociales de la ciudad se apropiaron de sus enlaces, sobre todo del chat, el cual generó una verdadera euforia entre los usuarios al pasar largos periodos de tiempo frente a las computadoras intercambiando pensamientos, sentimientos, canciones y signos con un lenguaje propio y por demás significativo. Pero si bien el messenger permitió a los usuarios intercambiar mensajes de texto y voz en tiempo real, establecer "conversaciones" y favorecer la creación de comunidades virtuales, también exacerbó la discusión y el conflicto entre los diferentes grupos, inhibió la comunicación y el diálogo cultural. Para los sectores más marginales lo más atractivo del sistema virtual fue la posibilidad de mostrarse anónimamente en un espacio con similitud de intereses donde, como lo ha demostrado Cortés (1999, p. 43), “no existen fronteras físicas, culturales ni ideológicas. Un lugar donde es posible existir de manera ficticia, con una personalidad diferente a la propia, elaborada sólo en la mente y con la intención de impactar o ser impactado por el sujeto anónimo que teclea del otro lado de la línea”.

De esta manera, “chatear” en pipopes.com se convirtió en una importante posibilidad para ellos de hacerse presente y actuar de manera fantasiosa ante los demás, sin temor a ser descubierto por los sujetos interactúantes dado el carácter enormemente manipulable de la información. Los juicios de aceptación y socialización no se dieron en ese medio de forma física sino virtual, basados en la manera de pensar y expresarse, de sentir e interactuar sin un mediador contextual aparente. El señalar algo negativo de alguien o participar en una polémica colectiva se transformó en una diversión clandestina, en un juego donde se hicieron presentes las bandas para competir por la supremacía de la confrontación, mediante la agresión lingüística, el cuestionamiento morboso, la grosería y la descalificación individual y colectiva. El anonimato encubrió personalidades y evidenció rivalidades, prejuicios sociales, diferencias económicas y pugnas étnicas, como producto de los intensos procesos de relación y la constante utilización del instrumento. Para dar sentido a lo expresado, los jóvenes incorporaron a su lingüística virtual los smileys, (5) los cuales combinan letras y símbolos del teclado y representan gestos faciales justificados en razón de la baja velocidad de estar en línea, las características propias de muchas computadoras o la necesidad de respuestas cortas y rápidas por el costo mismo del servicio. Sin embargo, el hecho trascendental fue la trivialidad y banalidad recreativa de un espacio virtual que se concibió para jugar y simular sin compromiso, estar sin la posibilidad de ser sorprendido y manifestar, insultar y denigrar anónimamente sin el temor a represalias. Del mismo modo, constituyó el mantenimiento de una incógnita sobre el interlocutor que sirvió para encubrir la mentira, a veces picaresca y burlona, pero en muchas otras agresiva y denigrante, perder la vergüenza y aprovechar el medio para atreverse a decir aquello que en otras ocasiones se callaría. En consecuencia, como lo ha señalado Rocha (1998, p. 23), “el chat se ve envuelto en una especie de fetichismo en el cual se lee lo que desea leerse y no lo que intenta decirse”. Este no es un problema propio del medio sino de los involucrados, que en su interés por participar interpretan los mensajes como a ellos les gusta o conviene que sea. Por ello, los malentendidos solieron ser frecuentes en el dialogar por la intensidad de los intercambios en las que todos parecían confluir pero a nadie le convenía realmente escuchar.

 

A manera de conclusión.

Pipopes.com se constituyó durante su tiempo de existencia en un referente juvenil e importante espacio de las relaciones en la ciudad de Puebla, el cual asumió anónimamente la reinterpretación de lo actuado, dicho, negociado o exhibido públicamente en los diferentes establecimientos de “La Noria”. Constituyó un escenario de encuentro fugaz y fantasioso, donde se redescubrieron y ampliaron los encuentros y, como en una maquina de video juego, se asumieron los conflictos con una violencia interactiva y virtual donde siempre ganaron los más perseverantes y agresivos. Un sitio de gran espontaneidad y refugio, con gran participación por su aparente intrascendencia en la vida pública. Y aunque se le consideró como un lugar lúdico manifestado por itinerarios nómadas que satisfacía y existía mientras se usaba, realmente su influencia no se desvaneció cuando los participantes se desconectaban sino, por el contrario, los procesos individuales y colectivos de ritualidad e incorporación, apropiación, mediación y materialización trascendieron el escenario e incorporaron visiblemente sus discusiones a la agenda de la ciudad.*

Puebla, Pue., Noviembre de 2005

 

 

Bibliografía.

 

  • Bisbal, M. (1997).El valor de la cultura. El consumo cultural del venezolano. En Autores Varios, Demoscopio Venezuela. Tendencias y Perspectivas 1996-1997. Caracas, Venezuela: Edición de COSAR Grupo Comunicacional.
  • Brito, R. (2000).Identidades juveniles y praxis divergente. En Nateras, A., Jóvenes, culturas e identidades.Distrito Federal, México: Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa/Editorial Porrúa.
  • Castillo, H., Zermeño, S. y Ziccardi, A. (1995). Juventud popular y bandas en la Ciudad de México. En García Canclini, N. Cultura y pospolítica. El debate sobre la modernización en América Latina. Distrito Federal, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
  • Cortés López, M. (1999). Jóvenes colimenses. Usos de los espacios interactivos en la red como una forma de socializar. Tesis inédita de licenciatura, Universidad de Colima, Colima, México.
  • Costa, P., Pérez Tornero, J. M. y Tropea, F. (1996). Tribus urbanas. El ansia de identidad juvenil: entre el culto a la imagen y la autoafirmación a través de la violencia. Barcelona, España: Editorial Paidós.
  • Feixa, C. (1999). De jóvenes, bandas y tribus. Barcelona, España: Editorial Ariel.
  • García Canclini, N. (1999). Culturas híbridas.Distrito Federal, México: Editorial Grijalvo.
  • García Canclini, N. (1993). El consumo cultural en México. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
  • Landi, O. (1992). Devórame otra vez. Qué hizo la televisión con la gente, qué hace la gente con la televisión. Buenos Aires, Argentina: Editorial Planeta.
  • Martín-Barbero, J. (1987).De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili.
  • Nateras, A. (2002). Jóvenes, culturas e identidades. Distrito Federal, México: Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa/Editorial Porrúa.
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  • Ortiz, R. (1997). Mundialización y cultura. Buenos Aires, Argentina: Alianza Editorial.
  • Reguillo, R. (1991). En la calle otra vez. Las bandas: Identidad urbana y usos de la comunicación. Guadalajara, México: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. ITESO.
  • Rocha, A. (1998).El chat: un lenguaje de jóvenes. Revista Hipertextos, (7).
  • Sarlo, B. (1996). Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en Argentina. Buenos Aires, Argentina:Editorial Ariel.
  • Schmucler, H. y Torrero, P. (1992). Nuevas tecnologías y transformación del espacio público. Buenos Aires 1970-1990. Revista Telos (32).
  • Sunkel, G. (2000). El consumo cultural en América Latina. Santiago, Chile: Convenio Andrés Bello.

 

Notas:

(1) Las investigaciones realizadas por el autor durante los últimos años se integraron en la tesis inédita de Doctorado titulada “Consumo mediático y audiencias regionales. El consumo cultural en Puebla”. Facultad de Ciencias de la Información. Universidad de La Laguna. Tenerife, España. (2004).

(2) Véase de Meyer, J. A. (2000). “El consumo cultural de los adolescentes en Puebla”. Ponencia presentada en el V Congreso Latinoamericano de Ciencias de la Comunicación. ALAIC. Grupo de Trabajo: “Ciudad y Comunicación”. Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación. Universidad Diego Portales. Santiago, Chile.

(3) Reconocen como “antros” todos aquellos lugares de diversión nocturna a los que asisten primordialmente jóvenes de diferente origen y condición social. En ellos se realizan encuentros y representaciones pero, sobre todo, construyen imaginarios que refuerzan la identidad con el grupo de pertenencia.

(4) El término pipope (pinche poblano pendejo) hace referencia a un juicio valorativo ampliamente utilizado en la zona para criticar la polifacética personalidad del habitante tradicional.

(5) Una serie de pictogramas y códigos que representan estados de ánimo, rasgos físicos y lo que la imaginación sea capaz de entender, incluso morbosidades y groserías.

 

 

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José Antonio Meyer Rodríguez

     


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Actualizado: 23/06/2008